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Despierte el alma dormida

Uno de los temas de meditación del Lam Rim es la impermanencia y la muerte. El Lam Rim nos facilita un guion muy útil para la meditación, pero también podemos echar mano de la creatividad, buscar fuentes propias de inspiración, algo que te toque y te haga tambalear la ilusión, en este caso de la permanencia, de la ausencia de cambio en nuestra vida. La poesía es una forma de acercarse a lo inexpresable, es un momento de estar despierto y atento a la experiencia del momento ya sea mental o sensorial que suele llegar y hacer estremecer al lector sensible.

Hay poetas que te embelesan por el sonido de las palabras y la estética del lenguaje, como Lorca, mientras que hay otros como Machado que además te invitan a la reflexión. Hay una poesía que en mi época escolar teníamos que estudiar que también combina la estética y la reflexión: las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, poeta español del siglo XV, que en esta elegía, aprovecha para hacernos reflexionar sobre muchos temas de Dharma: la fugacidad de la vida “[…]Recuerde el alma dormida; avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”; la vacuidad de la existencia del tiempo siendo imposible asir el presente pues es un flujo constante “[…]y pues vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente daremos lo no venido por pasado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio, porque todo ha de pasar por tal manera”.

Ver nuestra vida como un lugar de paso, donde aunque con vidas muy distintas, al final, la muerte nos iguala a todos “[…]Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir: allí van los señoríos, derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos; y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos…. Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar…. Estos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, con casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas. Así que no hay cosa fuerte, que a Papas y Emperadores y Prelados, así los trata la Muerte como a los pobres pastores de ganados”.

Lo inútil de apegarse a los dharmas mundanos como fama, posesiones o belleza “[…]Ved de cuán poco valor son las cosas tras que  andamos y corremos, que en este mundo traidor aun primero que muramos las perdemos…. Decidme: la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color y la blancura, cuando viene la vejez ¿qué acaba siendo? Las mañas y ligereza y la fuerza corporal de juventud, todo se torna graveza cuando llega al arrabal de senectud… Las dádivas desmedidas, los edificios reales llenos de oro, las vajillas tan pulidas, los enriques y reales del tesoro, los jaeces y caballos de su gente, y atavíos tan sobrados, ¿dónde iremos a buscarlos? ¿qué fueron sino rocíos de los prados?

El sufrimiento  de vivir la inestabilidad del samsara, entendido aquí por la caprichosa Fortuna, donde  unas veces estamos arriba y otras abajo “[…]Los estados y riqueza, que nos dejen a deshora ¿quién lo duda? No les pidamos firmeza, pues que son de una señora que se muda, que bienes son de Fortuna, que revuelven con su rueda presurosa, la cual no puede ser estable ni quieta en una cosa”.

Dedicamos mucho tiempo y culto a cuidar y embellecer nuestro  cuerpo,  una mala inversión pues la decadencia y decrepitud están garantizadas, mientras que embellecer la mente (aquí el alma) es algo que tenemos en nuestra mano, pero a lo que no prestamos ningún  esfuerzo ni atención. “[…]Los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, no son sino exploradores, y la muerte, la celada en que caemos: No mirando a nuestro daño, corremos a rienda suelta sin parar; cuando vemos el engaño y queremos dar la vuelta, no hay lugar. Si fuese en nuestro poder tornar la cara hermosa corporal, como podemos hacer el alma tan gloriosa angelical, ¡qué diligencia tan viva tuviéramos cada hora, y tan presta en componer la cautiva, dejándonos la señora descompuesta!

Por otra parte, aunque tenemos asumidos los ocasos de glorias e imperios pasados, no pensamos que lo nuestro, nuestra vida actual, sufrirá el mismo destino: la desaparición y el olvido que seremos. “[…]Dejemos a los troyanos, que sus males no los vimos, ni sus glorias; dejemos a los romanos, aunque oímos y leímos sus historias; no curemos de saber lo de aquel siglo pasado, qué fue de ello; vengamos a lo de ayer, que también es olvidado como aquello”.

Cuando era niña, las 40 coplas de esta elegía me producían una combinación de atracción y misterioso temor mientras que hoy día,  las leo como una profunda lección de dharma y son para mí una gran inspiración para espabilar, para recordar que la muerte se viene tan callando… y  que en cada instante de la vida estamos ante una encrucijada donde tenemos, como seres humanos, la libertad de elección:  de ir en el sentido de la liberación y practicar virtud o dejarnos llevar por el aferramiento y la aversión y hacer más firme nuestra atadura al samsara.
Marian Márquez

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