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Vacaciones de la vida apresurada

Muchos de los inventos recientes se han hecho para  ahorrarnos tiempo. Se supone que las cosas se fabrican para que estemos menos ocupados en faenas y dispongamos de más tiempo libre: los aviones y trenes de alta velocidad nos han ahorrado tiempo para trasladarnos de un sitio a otros, el internet, los móviles y  ordenadores para trabajar y comunicarnos más fácilmente; las plataformas audiovisuales
nos ahorran el tiempo de ir al cine o a la tienda a comprar discos;  hay aplicaciones que nos ahorran trámites bancarios y tiempo en la cola de tiendas y supermercados, amén de máquinas que cortan, baten y también cocinan, y hasta hay auriculares para escuchar música o conferencias bajo el agua, mientras uno nada y así “no pierde” tiempo, amén de otras cientos de cosas que hay y que vendrán. 

Pero, paradójicamente, a medida que hay más inventos que nos ofrecen tiempo para facilitarnos la vida, es como si todo se fuera acelerando y la vida se nos complicara cada vez más. Como si cada día que pasara, el tiempo se encogiera y tuviéramos menos tiempo para todo; como si aparecieran otras muchas fuerzas que tirasen de nosotros desde distintas direcciones. Hay que ir con prisa porque tengo prisa, porque tengo tantas cosas que hacer; tantas cosas que oír, que leer, que ver, que comprar, que experimentar, que aprender. ¿Qué cosa o quiénes son los ladrones de nuestro tiempo? ¿Son cosas  o personas o  es la vida que hemos ido creando y eligiendo nosotros?  ¿Un estilo de vida en el que hemos perdido la capacidad de estar bien con uno mismo sin hacer nada, estar bien estando solo sentados, contemplando? Trabajamos y cuando dejamos de trabajar nos ocupamos de otras responsabilidades domésticas o hedónicas y los fines de semana seguimos en movimiento físico y mental. ¿Qué nos pasa? Tantos datos,  tanta información, tanto conocimiento, tantas experiencias, tanto movimiento… ¿Los necesitamos realmente? o es un llenar la cabeza por el horror vacui, el miedo al vacío.  ¿Hemos decidido que no podemos estar quietos, porque es imposible estar feliz y en paz con uno mismo? Nos quejamos del ajetreo apresurado, pero cuando llegan las vacaciones no nos liberamos de la inercia del movimiento. 

Me gustan mucho las plazas de las ciudades de provincias como Lugo, Sevilla o Cádiz; y también me gustan las plazas de  Oaxaca y Mérida en Méjico,  donde mucha gente simplemente se para, se sienta a no hacer nada; a hablar sin prisa, a tomar algo sin contestar los mensajes del móvil,  solo para mirar, para oír, para descansar observando el movimiento de las personas de la ciudad.

Sentada ahora mismo, sin hacer nada, en la plaza de una ciudad del sur es para mí volver a la sencillez de la vida; a estar bien con uno mismo, un rato en intimidad, sin esperar nada, sin temer nada, sin planes. Con esta actitud de curiosidad relajada del que contempla la vida en la plaza de una ciudad nueva. La curiosidad del viajero tranquilo que ha dejado responsabilidades y preocupaciones atrás para entrar en ese paréntesis de una vida un poco más vaciada, menos activa y más contemplativa. Es cierto que las vacaciones son solo algo temporal, pero en lugar de ser un tiempo para cambiar de actividad y volver a llenar la agenda de cosas que ver, de cosas que hacer, que probar… ¿No estaría bien, sencillamente aprovechar las vacaciones del verano para detenerse y dejar de hacer?
Marian Marquez

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