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Mal verano

Hay tiempos donde la vida fluye y todo va sobre ruedas, y otros en los que todo parece atascarse y no hay más que problemas. Pienso en mí, y en tantas dificultades pequeñas y grandes que me han pasado estos dos últimos meses, y se me antoja que por la ley de probabilidades, es casi imposible que se den tantas circunstancias adversas juntas en un plazo de tiempo tan corto. A principios del verano tuve muchísimas averías de fontanería y electricidad en mi casa, además de muchos enredos burocráticos molestos, muchos más de los que habitualmente pueden tener lugar en un plazo de dos meses. Cuando esos problemas e inconvenientes se juntan te parece que vivas una tragedia, pero todas estas cosas pasan a un segundo plano cuando la adversidad toca la salud.

En el mes de junio me diagnosticaron un cáncer, sin poderme librar de una cirugía radical en julio ni de la quimioterapia posterior. Mis venas son delgadas y cuesta encontrarlas pues ya están heridas por una quimioterapia anterior. Cada pinchazo duele y han de pinchar varias veces hasta acertar. Cada vez que me dan un pinchazo o me aparece un efecto adverso por el tratamiento u ocurre otra adversidad doméstica, el sufrimiento que causan, pequeño o grande no es aislado, sino que se suma al anterior, es acumulativo, al igual que la toxicidad de la quimioterapia. Parece que uno necesitara un tiempo para desaguar el sufrimiento; para drenarlo.. y si es muy seguido, cada gota de sufrimiento se va acumulando a la anterior. Ante todo este cúmulo de malos tragos me sorprendo a mí misma en un estado mental bastante calmado. Muchas personas que conozco me dicen que soy muy fuerte. No me considero tal, sino más bien débil y vulnerable, pero ¿qué puedo hacer?, ¿dónde y a quién protestar?, ¿al universo?

No queda más remedio que aceptar la situación e ir capeando la adversidad; ofrecer resistencia es un mal recurso que genera más sufrimiento. La aceptación no es resignación, pues resignarse es rendirse, aceptar la derrota anticipando un resultado futuro. La aceptación es vivir el presente que te toca vivir, cambiándolo si puedes hacerlo o adaptándote a él si nada se puede cambiar. Si te toca un mal compañero de viaje en un vuelo de larga duración, es mejor hacerte amigo suyo y aceptarlo que estar de mal humor. El lamento y el pataleo no drenan el sufrimiento sino que cierran más las compuertas de desagüe.

Mejor es el recurso de la sabiduría, recordar las características de la realidad, de toda situación, de toda circunstancia, buena o mala: que todo cambia; nada permanece; todo depende de causas y condiciones, y cuando éstas se agoten, la situación cambiará.

Enlazando con el propósito de la vida, si un día pudiéramos contemplar que el dolor y la adversidad tienen un sentido, la carga se aliviaría como por ensalmo. La tradición budista emplea para esto la práctica de tong–len, la práctica de dar y recibir. Recibo el dolor y el sufrimiento del mundo, lo que aniquila mi egoísmo, y doy a los demás mi felicidad, mi salud, mi bienestar físico y mental. Que en mi dolor se funda el dolor del mundo, que en mi temor se funda el miedo y la incertidumbre de los enfermos, que en mi cansancio se funda el cansancio de todas las personas que reciben quimioterapia. Esto es. Que todo ello venga a mi, se diluya en mí y de este modo, los demás no tengan que experimentar lo mismo. Ojalá pudiera ayudar así a los demás seres. El tong-len nos ofrece, ante la adversidad que siempre rechazamos, una vía de descarga. Da un sentido a la enfermedad, a la adversidad. A nuestro sufrimiento.

Marian Márquez

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