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Lo que puede la mente

La sincronicidad, ese concepto que el psicoanalista Carl Jung describió en 1952 para explicar sucesos que ocurren de forma simultánea —en este caso, con dos años de distancia temporal— con el mismo sentido pero sin relación causal entre ellos, eso que el mundo de la ciencia reduciría a simple casualidad, ha querido que dos autores franceses publiquen dos relatos terribles, inusuales, diría que tal vez irrepetibles en la historia, que conducen a finales antagónicos.

En ambos casos, su conclusión refleja el determinante poder de la evolución mental de sus protagonistas, sometidos a circunstancias tan duras que por momentos parecen incumplir las leyes de la vida humana. Sucede que una de esas historias fue, y es real, y la otra, anterior en el tiempo, es un relato literario, una novela. Ambos hechos han sido publicados por destacadas editoriales, y están a la venta.

La real, la protagonizó el periodista Phillippe Lançon, redactor del diario Libération y de la revista Charlie Hebdo, que el 7 de enero del 2015 se encontraba en la redacción de esa publicación cuando sufrió un atentado terrorista. El ataque, protagonizado por dos hermanos yihadistas, acabó con la vida de doce personas, dibujantes de Charlie Hebdo, que fueron masacrados con granadas de mano y fusiles Kalashnikov disparados a menos de un metro de distancia de sus cuerpos. Lançon sobrevivió tan malherido que su atacante —“unas piernas vestidas de negro”— lo dio por muerto, una apariencia que le salvó la vida. La ráfaga que recibió suprimió toda la masa física que se encontraba por debajo de la parte superior de su dentadura. Lo que él mismo contempló minutos después del ataque, como en un sueño, en una fugaz observación de su rostro en el móvil, mostró una masa de sangre y conductos, sin nada bajo la nariz, con la tráquea al aire. Un agujero negro que durante nueve meses lo retuvo en el hospital, sometido a una veintena de intervenciones quirúrgicas que concluyeron con algo parecido a un rostro, desfigurado y difícil de manejar para el resto de su vida, pero rostro al fin. Con él vive.

La ficticia refleja la historia de un soldado que, en 1918, en la Primera Guerra Mundial, recibe una metralla en el rostro que lo deja, exactamente, en la misma situación en que quedó Lançon. La novela, Nos vemos allá arriba, escrita por Pierre Lemaitre, fue publicada en el 2013, dos años antes de los hechos de Charlie. El personaje en cuestión es Edouard Péricourt, joven de una familia adinerada, enormes habilidades para el dibujo y una fuerza mental sobrenatural que no impidió su suicidio final.

Lançon, al igual que Lemaitre, pero en el primer caso aludiendo a su vida, describe en su relato —titulado en castellano El Colgajo, Le Lambeau en francés—, una sucesión de dolores intolerables, indescriptibles incluso para quien intenta dejar testimonio escrito de ellos. Lançon lo consigue de forma admirable y minuciosa, dejando constancia de los asideros a que se agarró su mente para mantener vigente su compromiso con la vida.

Lecturas muy escogidas de personajes sutiles y poderosos que encontró en obras de Marcel Proust, Thomas Mann y Franz Kafka, siempre los mismos párrafos para los mismos hechos clínicos que iban a sucederle, de gradual e intenso dolor físico —cada vez que lo bajaban al quirófano leía la muerte de la abuela, de Proust—; músicas que para él fueron mantras sostenedores, y una profunda variedad de recursos personales, bagaje de su profunda cultura, que le permitieron trasladar su sufrimiento a niveles sublimes y mantenerse vivo. Todo un prodigio mental que, en cambio, un personaje ficticio al que su autor hubiera podido dotar de lo mejor del catálogo humano, no consiguió.

Lançon es un ejemplo de cómo la aplicación de la riqueza mental, sostenida y concentrada en un objetivo, multiplica su poder hasta límites inimaginables. La vida no tiene porqué parecer verosímil, la literatura sí.
Àngels Gallardo

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