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La realidad y el deseo

Siendo joven me parecía sumamente interesante el choque simbólico entre la realidad y el deseo. De ese conflicto surgía, según mi punto de vista, la más auténtica energía creativa. Una energía basada en lo trágico, cierto, pero que evidenciaba su naturaleza viva a través precisamente del dolor.

A lo largo de los años he impartido muchas clases de literatura basando mi lectura en esa dicotomía: la potencia del deseo como empuje vital, como motor, frente a las imposiciones restrictivas de la realidad. Y no me refiero aquí exclusivamente al deseo sexual sino al deseo en general, como voluntad de consecución, de adquisición o de conquista.

Con el tiempo, sin embargo, fui aprendiendo que el deseo, si bien puede resultar muy útil a nivel creativo, pues en definitiva muestra la fragilidad humana, es una enorme fuente de frustración a nivel íntimo. Porque el deseo no es, como a veces se define de manera burda, la búsqueda incesante de la satisfacción. En última instancia, para el deseo la satisfacción no importa: no es más que una excusa. El deseo busca única y exclusivamente perdurar, seguir en movimiento. Por eso para el deseo la realidad es el enemigo necesario; es decir: el combustible.

Esta semana, debido a lo que podría ser entendido como un acontecimiento banal, he tenido que enfrentarme a esta cuestión en casa. Tengo dos hijos adolescentes, dos seres que, a esas alturas de su vida son prácticamente en exclusividad seres deseantes en todos los sentidos; ambos, por lo demás, amantes del deporte. Les he visto sufrir sobremanera por la derrota del equipo de fútbol del que son seguidores. Lo pasaron francamente mal al comprobar que la terca realidad no se ajustaba a su elevado deseo. Daban la impresión de encontrarse atrapados en una insoportable cinta de Moebius y sufrían de verdad, por nimio que pueda parecernos el motivo.

En momentos así, ¿cómo le enseñas a un adolescente a relacionarse de manera adecuada con la frustrante naturaleza del deseo? ¿Cómo le demuestras que la única posibilidad satisfactoria es la aceptación de la realidad? ¿Cómo le haces entender que es el pensamiento dual, precisamente, el que le provoca ese extraño dolor con el que todavía no sabe lidiar?

No sé por qué nos asusta hablarles a los niños y a los jóvenes de conceptos que para nosotros, caminantes del sendero del dharma, nos resultan fundamentales. Tal vez creemos que eso va a hacerles especiales en un sentido negativo, que los va a apartar del flujo adecuado de su desarrollo social, que va a marginarlos al provocarles un exceso de consciencia. Tienen que ser normales, solemos decirnos; como si nosotros mismos no lo fuésemos.

Esta semana, sin embargo, me dio por pensar que tal vez haya llegado el momento de perder ese miedo y de hablarles, sin pompa, con la sencillez con la que nos hablamos a nosotros mismos, del inicio de ese camino por el que ellos, sin saberlo, también han empezado a dar sus primeros pasos. Tal vez sea el momento de señalarles con la mano, ahora que todavía (a ratos) nos atienden, la dirección hacia la que apuntan las cuatro nobles verdades.
J.T.

Dharmadhatu no suscribe necesariamente las opiniones expresadas, que son de los autores firmantes.

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