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La Pastillita

Hace ya tres años sufrí un paro cardiaco. Durante varios minutos estuve, como suele decirse, más allí que aquí. Por fortuna, mi corazón dejó de latir cuando los paramédicos estaban ya en casa; había tenido la clarividente intuición de llamar a urgencias pocos minutos antes, cuando empecé a notar una fuerte presión en el pecho que yo creía fruto de la ansiedad. En cualquier caso, el hecho de vivir al lado del Hospital de Sant Pau, así como la diligencia con la que actuaron las personas que me atendieron en primera instancia, me salvó la vida.

Desde entonces, y sin que mi edad haya supuesto un atenuante al respecto, tomo todos los días varias pastillas que regulan mi presión sanguínea (a pesar de que nunca la tuve ni alta ni baja), controlan mi colesterol (aunque siempre he seguido una dieta más o menos equilibrada) y llevan a cabo una labor de mantenimiento con ese diminuto muelle metálico que obliga a que permanezca abierta y despejada la zona de mi arteria que se taponó como por ensalmo provocando que mi vida diese un vuelco sin posible retorno.

Porque desde entonces, y debido a un arduo proceso de cuestionamiento personal que me llevó a poner en duda lo que habían sido las creencias que habían dirigido mi existencia hasta entonces, me acerqué a las enseñanzas del Buda. El camino del dharma no solo me ayudó a poner en orden mis pensamientos, a encontrar la ética que andaba buscando desde bien joven, aunque de manera un tanto errónea, a saber que a partir de ese momento tenía un objetivo definido y con el que me sentía plenamente en sintonía: ayudar al pleno despertar de todos los seres y también a mi propio despertar. El dharma también me ha ayudado a entender lo que me ocurrió y a sobrellevar, con entereza y también con sentido del humor, la principal enseñanza que podía extraerse del paro cardiaco: que algún día, aunque no hubiese sido ese día de enero de hace ya tres años, iba a
morir.

Antes he nombrado las pastillas que, por prescripción facultativa, ingiero todos los días, pero me he dejado expresamente una de ellas, la más inútil y, al mismo tiempo, la más significativa. Es una pastilla muy chiquitita con un único componente, la cafinitrina, especialmente pensado para ayudar en casos de angina de pecho, cuando la obturación de venas o arterias en la zona cercana al corazón es apreciable pero no mortal de necesidad.

Todos aquellos que hemos sufrido algún tipo de problema coronario las llevamos siempre encima, a modo de protocolo extremo de seguridad, pues por lo visto pueden aliviar los síntomas hasta que lleguen los médicos o nos trasladen al hospital. Muchos llevan la cafinitrina como si del salvavidas que se guarda bajo los asientos de los aviones se tratase. Pero para mí es otra cosa; yo diría que es algo mucho más importante.

La cafinitrina me recuerda que soy mortal, que la vida puede detenerse en cualquier momento, que es imprescindible intentar estar en paz en el ahora, porque jamás está garantizado que haya un mañana en el que reflexionar sobre lo ocurrido hoy. La cafinitrina, por lo tanto, es parte del dharma tal como yo lo entiendo y me importa bien poco que los científicos que crearon esas sabias pastillitas tuviesen otra idea en mente cuando les dio por condensarlas.
J.T.

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