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Eutanasia

La eutanasia vuelve a ser actualidad a raíz del suicidio asistido de una mujer con esclerosis múltiple, poco después de paralizarse en el Congreso la tramitación de una ley de eutanasia.

Hace algunos años conocí en un programa de radio a Ramón Sampedro, famoso por ser el primer español en pedir la eutanasia, que finalmente consiguió poner fina su vida. A pesar de su tetraplejia –sólo podía mover boca y rostro–, manifestaba tener una gran fuerza. Recuerdo su destreza al usar útiles con la boca para escribir y otros cometidos. Me pareció una persona sensible –dibujaba, escribía poemas–, inteligente y sobre todo con gran determinación. Consiguió dar publicidad a su demanda en los medios, inspirar una película y estimular el debate sobre la eutanasia. Dialogando con él sobre el tema, intenté transmitirle que, a pesar de su dura postración –creo que no tenía dolores–, estaba muy vivo, que tenía lucidez y sensibilidad y que aún así su vida podía ser rica y con sentido. Aunque parecía entender esos argumentos, volvía siempre a su idea de suicidio. Tuve la sensación entonces y especialmente al conocer el desenlace, que se había identificado tanto en ese papel que no tuvo otra opción que acabar representándolo.

En la eutanasia, también llamada derecho a una muerte digna, hay básicamente dos posturas contrarias. La que niega de plano esa opción, sin atender a situaciones concretas o al sufrimiento de la persona, por considerarla un suicidio inaceptable. Para esta visión, morir dignamente consistiría en sobrellevar la situación y los sufrimientos que conlleva con aceptación y entereza. La otra, defiende la libertad de decidir sobre la propia muerte bajo determinadas condiciones, asociando esa posibilidad de elección a una muerte digna.

En mi opinión, ambas posiciones pueden ser extremas o dogmáticas. La contraria a la eutanasia sólo sería coherente si se comulga con las creencias que sustentan esa visión, y desconsidera otros sentimientos o creencias, así como las necesidades y padecimientos específicos de la persona. La favorable a la eutanasia facilita la elección personal y la adaptación a situaciones concretas, pero si se hace sin limitaciones o desde posiciones dogmáticas, existe el peligro de desvalorar el poder transformador de la experiencia, predisponer al suicidio o dar demasiadas facilidades ante un hecho irremediable.

En términos generales, debería primar el principio de libertad, puesto que solo desde la libertad se puede ganar el genuino conocimiento experiencial que despierta nuestro potencial. Una sociedad empática con sus ciudadanos ha de facilitar la posibilidad de morir, pero también vivir, con la máxima libertad y dignidad posibles, lo cual implica poder hacerlo según los propios valores y convicciones, sean los que sean; obviamente, siempre que no conculquen la libertad y bienestar de otros. En una sociedad madura procede el regular de manera adecuada un derecho a la eutanasia, lo que no impide no hacer uso de él a personas con otras convicciones.

En el ámbito personal, elegir con pleno conocimiento y convicción una opción u otra requiere tener claros los elementos de juicio implicados, entre los que figura una variable importante: ¿qué hay tras la muerte? ¿garantiza ésta el descanso o el fin del sufrimiento? Pero eso es tema para otra reflexión…
bll

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GeorginaEutanasia