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Atentados

Nueve personas, ocho hombres y una mujer, menores de 30 años, planificaron durante los últimos ocho años el atentado que el 21 de abril acabó con la vida de 360 personas en Sri Lanka, un país donde el 70% de la población es budista, el 15% es islamista y menos del 10% acude a iglesias cristianas. Esas nueve personas tenían un nivel educativo alto. Uno de ellos estudió en el Reino Unido y otro cursó un posgrado en Australia. Habían viajado, pertenecían a la clase media o alta srilankesa y, desde el 2009, cuando se dio por finalizado el conflicto con la guerrilla vinculada a la minoría tamil, disfrutaban de una aparentemente plácida convivencia entre los diferentes credos religiosos. Esa fraternidad se acabó el domingo de abril en que siete paquetes cargados con abundante material explosivo mataron de forma indiscriminada a personas que se alojaban en hoteles de lujo o que habían acudido a iglesias cristianas, los objetivos de los atentados.

Uno de los terroristas, suicidas, hijo de un empresario del sector de las especias de Colombo, fue grabado al entrar en una iglesia cargado con la mochila donde ocultaba la gran carga explosiva que minutos después hizo estallar. Mientras avanzaba hacia el banco donde se sentó, se cruzó con una niña y le acarició la cabeza. Acto seguido le causó la muerte, al igual que acabó con su propia vida y con la del centenar de personas que se encontraban en el templo.

Qué motivó a unos individuos con ese perfil a provocar una tragedia de este tamaño forma parte del misterio que mueve los resortes del fanatismo extremo. Resultaría igualmente incomprensible que unos pobres miserables hubieran optado por dar muerte a medio millar de personas como método para advertir al mundo de su sufrimiento. Los atentados de Sri Lanka, no obstante, no pueden atribuirse al desvarío de quien está hundido en unas condiciones de vida insoportables, sino que son una muestra desnuda de la deshumanización excluyente, de la clasificación organizada de unos seres humanos que se distinguen a sí mismos del resto por su creencia religiosa, su lugar de nacimiento o, a veces, su afición deportiva. Una clasificación planificada y promovida con el objetivo de obtener poder, finalmente reivindicada como acción pseudopolítica, en el caso de Sri Lanka, por un grupo yihadista. Una idea que suma adeptos en quienes creen que de esa forma participarán de un poderoso pastel, o entre personas que buscan una identidad. ¿Por qué acarició la cabeza de aquella niña quien iba a ser su inminente asesino? Una grieta en el absurdo.
À.G.

Dharmadhatu no suscribe necesariamente las opiniones expresadas, que son de los autores firmantes.

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